Estoy en Alemania, echo de menos a mi familia y a mis amigos, pero aquí estoy yo, siendo sadomasoquista y mirando fotos del cretácico por lo menos. Todo porque me apetecía poner una foto de perfil en la que saliese con el pelo corto.
Y aquí sigo, de Erasmus, a las 00.07 de un nuevo día y rezando porque empiecen de una vez las clases. Que sí, que menuda pedazo de aburrida debo ser, y supongo que lo soy, pero me da lo mismo, hoy me da todo igual.
Pero centrémonos en la cuestión principal, que no es mi viaje a Colonia –eso será en la siguiente entrega, I promise- si no el hecho de cómo me he sentido al ver las fotos de primero de carrera. (Me siento como mi madre hablando de sus años mozos…me estoy haciendo mayor, y eso no me gusta.)
Las novatadas…mis adoradas novatadas. Recuerdo que llegué con ganas de comerme el mundo. Deseaba ser intérprete en la ONU, y eso iba a ser fácil, por supuesto. E iba a estar todos los días de fiestón, pero sin resaca, por supuesto. Iba a tener unas compañeras de cuarto fabulosas e íbamos a ser amigas para siempre. El Colegio Mayor era el mejor, si no del mundo, de Granada, al menos bajo mis ojos. Y yo era guay, y me llevaba bien con todo mi “guay-mundillo”, por llamarlo de alguna manera. Me gustaba ser el centro de atención en todas las movidas… ¿Qué una veterana necesitaba una novata a la que mandar por números de teléfono terminados en tres? Ahí estaba yo. ¿Qué un veterano me mandaba cantarle “Clavelitos” a un novato cualquiera? Ahí volvía a estar yo, aunque acabara de terminar de cantarle Nino Bravo a otro novato de turno. ¿Cantamos “Pimpinela” haciendo el mongolo? Yo la primera.
¿Y todos estos sueños y esas ganas de comerse el mundo “a bocaos”? Agua de borrajas, señores, simple agua de borrajas.
A punto de comenzar tercero sé que jamás llegaré ni a intérprete, ni a la ONU. Tampoco estoy de Erasmus en París, si no en Saarbrücken, una bonita ciudad alemana a orillas del Sarre. Esto es lo más cerca que estaré jamás de la Sorbona. Tremendamente ambicioso, sí señor.
También he salido de fiesta todos y cada uno de los días del año. El hecho de que en primero me sobraran todos los permisos del primer trimestre no dice nada. NA-DA. En realidad eso no significa que lo pasara mal, mi parte vaga era feliz, porque claro, no podía salir sin mis amigas, esas encantadoras personitas que, aunque tenían sus defectillos, yo adoraba. ¿Qué el plan para el viernes era dar un paseo hasta Mesones y volver a encerrarse? Bueno, tampoco estaba tan mal…total, sólo era viernes y yo sólo tenía dieciocho años.
Tenía unas maravillosas compañeras de habitación. De hecho, eran tan geniales que en marzo tuve que cambiar de habitación por el hecho de que me llenaban tanto, que la habitación se me quedaba pequeña. Podía contar con ellas para todo. Si estaba enferma eran tan buenas que regañaban a todo el pasillo para que no me despertaran. También me dejaban dormir todos los viernes, el único día de la semana en que tenía una hora más de sueño a mi disposición. Y me acompañaban a cualquier sitio. También me dejaban libertad para salir con otras chicas del colegio, y jamás se molestaban. Y si algún día no las veía porque ellas estaban estudiando y yo prefería estar en ordenadores perdiendo el tiempo, ellas lo respetaban, jamás me presionaron para estar con ellas, ni tampoco me hicieron elegir entre ellas y el resto de mis compañeras. Tenían un tono de voz tan dulce, que sus voces eran como una ligera brisa de primavera. Y es que…eran maravillosas.
Miro las fotos de entonces, en esos pubs que siempre frecuentábamos…y veo que era feliz. Me reía, lo pasaba bien.
Sin embargo segundo…no sé qué demonios cambió. Supongo que todo. Empecé el curso de varias maneras. En el Colegio Mayor enfadada…ya no brillaba todo como antes. Supongo que después de todas las misas, los jueves haciendo guardia a las cinco de la mañana, el respetar las normas y aguantar ciertas charlas para después verme relegada a…una habitación triple…dolió. Quizá es un poco melodramático, pero en mi interior pensaba que había sido una buena chica, cumpliendo con todo, y que me merecía una individual, por supuesto. Personalmente, ahora creo que es una estupidez, la verdad, pero en esos momentos…llamémoslo “rabieta infantil” y es que sólo tenía diecinueve años. Además, eso había roto los esquemas de mi “maravillosa” vida. Yo, que tanto había querido destacar, relegada a una habitación triple con dos “niñas” desconocidas. Y gente que, a mi parecer, no lo merecían, con individual. Sigo pensando que no las merecían, pero bueno, ahí dentro es como en la Época Feudal. Y a mi pues me tocó ser campesina. (Ay que ver que poético me está quedando todo)
Y el curso escolar…resumámoslo en resignación. Una resignación bien aceptada en verano, cuando todo se ve más fácil, pero que se hace cuesta arriba a la primera semana. Porque a los profesores no les importa si tú tienes ansias de grandeza. Si sabes alemán bien, si no te jodes, hablando mal y pronto. Suspensos, profesores incompetentes, trabajos desesperantes, el Sandmann, documentación, Grimm, Parrault y tout sa famille…y presión. Presión que te hacen sentir al forzarte a que creas en algo en lo que se supone que ya crees y que llevas haciéndo toda la vida. Visitas a un señor muy bueno y muy santo que te pregunta si tus padres son ricos y si tienes novio. Y te dice que vuelvas, todas las semanas. Luego te busca una mujer, una que se encarga de “guiarte” y te da consejos, te escucha, aunque para ello tenga que meter el bisturí en la llaga, aunque pique y escueza.
Y me entran escalofríos sólo de pensar en que podría haber caído. Porque dicen que la fe mueve montañas, y vaya si es cierto. Por la fe se hacen muchas cosas, cosas que a veces resultan fatales para nuestra felicidad.
Y en febrero llegó la oscuridad. Algunas personas fueron apagando poco a poco la luz. Sin que nadie se diese cuenta, hasta que de pronto nos quedamos a oscuras. De la Edad Oscura no voy a hablar, al menos no todavía. Eso tendrá su capítulo, pero todo a su debido momento, y con su debido sarcasmo. Sin embargo, había una luz al final del túnel. Una luz que eclipsó toda la oscuridad anterior.
Y fin, hale, ya está. Fuimos felices y comimos perdices.
Estas dos hojas podrían resumirse en que, en estos dos años de universidad he aprendido y comprendido que Cenicienta no llevaba razón con eso de que los sueños se hacen realidad…si no habría demasiados intérpretes en este mundo, así como “estrellas” como Miley Cirusa y Justino Bieber, y con uno de cada tipo tenemos bastante, gracias. Y he terminado aceptando que la amistad es algo precioso, sí, pero que no es algo que se gane a la primera de cambio, y que los pequeños detalles cuentan. Y cuatro años después, le he ganado la batalla a mi profesora de Filosofía, que se empeñó en creer a Sócrates con eso de que “el ser humano es bueno por naturaleza” ¡Los cojones! El ser humano es egoísta, interesado, déspota si tiene oportunidad y, en general, malo.
A pesar de que no considere ni a mi familia ni a mis amigas de esta manera.
Ea, ahora sí he acabado. Um…sí, ya he criticado bastante por hoy.
PD: Al releer esto parezco una frustrada de la vida. Mañana me busco algo que hacer, que el aburrimiento me convierte que "Quejicus"
Me ha gustado mucho la entrada y espero que pronto cuentes sobre la Época Oscura y demás... porque quiero saber bien tú versión de todo aquello.
ResponderEliminarDeberías dejar un linck en tuenti con esto, a ver si llega a oídos de algunas y se dan cuenta de lo que hicieron y de lo que pensabas ya en aquellos momentos. Además, yo tengo otro blog para que comparen y vean que NO ha sido la misma persona la que ha escrito esto xD
PD. Ahora tienes sólo 20 años, tener sólo 19 es lo mismo, no te las des de vieja, jovencita